Ahora
con el paso de los años a mi mente
vienen los recuerdos de aquel muchacho que salía de su casa para irse corriendo
a la plaza de las palomas con los bolsillos llenos de migas de pan, y una vez
allí sentarse en el centro de la misma, sacar las migas de sus bolsillos para
que se acercasen las palomas a picotear a su alrededor.
Solo se trataba
de un muchacho de lo mas corriente: en los pantalones se le formaban
rodilleras, en los jerseys llevaba coderas de skay, leía historietas, hacía
ruido cuando comía la sopa, se metía los dedos a la nariz, hacia que roncaba, como su padre, cuando
le obligaban a dormir la siesta, se llamaba Miguel, pero algunos le llamaban
Pipo.
No era
nada mas que un muchacho corriente del tiempo en que le tocaba vivir, un
muchacho corriente como tantos de los que vivían en una pequeña ciudad, capital
de provincias, un muchacho corriente de provincias.
Si era,
corriente en todo menos en una cosa, tenia un secreto, que nadie conocía, ni el
mismo sabia que era poseedor de ese secreto; tenía Otro Yo.
El Otro
Yo tenia cierta poesía en la mirada, su voz usaba una melodía sincronizada, se
enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los
atardeceres, lloraba en las noches frías y oscuras del invierno de su ciudad,
se quedaba absorto ante el vuelo de las golondrinas, soñaba con ser algún día
una de ellas para poder volar con su misma majestuosidad, contemplaba con
cierto brillo en sus ojos, el suave revoletear de las mariposas sobre las
flores de los jardines.
Al
muchacho le preocupaba bastante su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo entre
sus amigos.
Por otro
lado el Otro Yo era melancólico, retraído en si mismo y debido a ello, Pipo no podía ser tan corriente como
era su deseo. Así paso su adolescencia y de repente se encontraba en otra
ciudad, se había hecho mayor. Una tarde Pipo llegó cansado de la universidad ,
se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio.
En la radio estaba tocando la cantata Nº 147 de Bach, pero el muchacho se quedo
dormido en el sillón.
Cuando
despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho
no supo que hacer, ni que decir, pero después de varios minutos se rehizo e
insultó concienzudamente al Otro Yo.
Este no
dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado. Al principio la
muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Pipo, pero enseguida pensó
que ahora sí podría ser enteramente corriente. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, se vistió sus pantalones vaqueros y su suéter
verde, cojio las llaves de su casa del aparador del recibidor y bajo en el
ascensor hasta el portal de su edificio, salió a la calle con el propósito de
lucir su nueva y completa vulgaridad.
Desde
lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e
inmediatamente estalló en risotadas.
Sin
embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia.
Para el peor
de los males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban:
-“Pobre
Pipo. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable”-.
El
muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír , y al mismo tiempo, sintió a la
altura del estomago un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia, o eso creía.
Pero no pudo sentir la auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la
había llevado el Otro Yo.