La vi salir ayer con un hombre. No veas lo mal que me he sentido - dijo él de súbito mientras bebía un trago de la botella recién iniciada.
- ¿A quien? - preguntó la mujer
- A esa chica de que te hablé el otro día - respondió.
- ¿Y? - dijo ella sin mirarlo mientras seguía acomodando la ropa acabada de planchar en el armario - ¿Qué quieres decirme con eso?
- Nada, que me he quedado hecho mierda - contestó en tono triste.
- Ya debías estar acostumbrado - aseveró ella - ¿No tienes más percheros sin usar?
- No – le respondió - ¿Por qué tienen que pasarme esas cosas? ¡Joder!
- Son cosas que pasan - dijo colocando la última camisa - ¿Estás usando para trabajar estas camisas que te compré?
- Sólo algunas veces, sabes que no me gustan sin bolsillos - respondió - El problema es que aunque sé que no puede haber nada entre nosotros no me resigno a saber que está con otro.
- Ya, es difícil resignarse, ¿Y ella qué culpa tiene de gustarte y que no le gustes?
- No, ninguna, nadie tiene la culpa – contestó - No planches más esa camisa de rayas. Ya no me la pongo, me hace lucir más flaco.
- Como sales y regresas del trabajo antes que yo ni me fijo - le dijo mientras iba sacando la ropa sucia del cesto - ¿Y qué vas a hacer, además de ponerte a beber y sufrir?
- No sé, no tengo ninguna posibilidad con ella - dijo el hombre iniciando una canción en su equipo de música - No tengo ni idea, pero no puedo quitármela de la mente.
- Eso te pasa con frecuencia, ya debías estar acostumbrado - volvió a decir la mujer separando la ropa blanca de la de color - Nadie te manda a fijarte en mujeres jóvenes.
- Lo sé ¿pero que quieres que haga?
- Pudieras, por ejemplo, cambiar el bombillo fundido de la sala antes de seguir bebiendo. Ya casi no se puede leer allí por falta de luz.
-Ya me había fijado - dijo él dando más volumen a la música y repitiendo su letra – “Que un viejo amor, ni se olvida ni se deja, que un viejo amor, de nuestra alma si se aleja, pero nunca dice adiós…”
- Debías cambiar el bombillo ahora – lo interrumpió ella.
- ¿La escalera está donde siempre?
- Si tú no la has quitado debe estar allí. Sabes que esas son cosas de hombre.
- O de mujer, que nadie ha dicho que cambiar bombillos sea una tarea de hombres.
- Lo digo yo, tampoco ha dicho nadie que lavar y cocinar sean cosas de mujeres y yo las hago. Hacer arreglos en casa es cosa de hombres y te toca a ti.
- ¿Crees que sabrá que estoy enamorado de ella de verdad? - preguntó el hombre a su regreso de la sala.
- No sé ¿Se lo has dicho?
- Sí, pero quizás como ve que puedo ser su padre a lo mejor piensa que es broma. No veas como sufro cuando la veo, y más aún si no la veo.
- Eso te pasa siempre - dijo ella - ¿Me ayudas a llevar la ropa sucia?
- Sí, claro - contestó mientras recogía la ropa de color - ¿Como estás de tu dolor de espaldas?
- Estoy tomando pastillas - dijo llevando en brazos la ropa blanca - ¿Crees que tienes alguna posibilidad con ella?
- No, creo que no, salvo disfrutar el sufrimiento de quererla sin que me quiera - respondió, caminando detrás de ella - A veces sufrir da placer.
- Supongo - dijo la mujer metiendo la ropa blanca en la lavadora - ¿Me alcanzas el blanqueador?
- Claro, ¿Qué vamos a almorzar hoy?
- ¿Qué quieres comer? - preguntó ella como respuesta - Aún no he preparado nada.
- No sé, lo que tú quieras, algo de carne y una ensalada no vendría mal.
- Bueno, ya puse una carne a descongelar, si quieres ve preparando la ensalada - dijo indicando el sitio de las verduras - Siempre se te han dado bien las dos cosas cuando quieres hacerlas.
- Vale - dijo él poniendo tomates, col y pimientos sobre el poyo.
- ¿Crees que podrás superarlo? Es decir, si podrás aceptarlo sin derrumbarte.
- No se, me gusta demasiado, es como eras tú hace veintipico de años. Me tiene loco, es una caballota de ojos negros y no me puedo resistir.
- ¡Ay, pobrecito mío! - dijo ella abriendo la alacena - ¿Quieres un trago?
- No se, mejor no, o sí, sírvelo - dijo mirando como vertía ron en un vaso - ¿Sabes? Tengo miedo.
- ¿Miedo? ¿Qué cosas me estas diciendo? - preguntó mientras le extendía el vaso - Tú nunca has temido a nada.
- No sé, miedo a enamorarme, a sufrir, o al ridículo que estoy haciendo - explicó en lo que cortaba la col en tiras muy finas - ¿Crees que ya no puedo aspirar a una mujer joven?
- Creo que las mujeres jóvenes buscan otras cosas que quizás no puedas darle. El mundo ya no es como era ni como es aún en tu mente.
- Si, supongo – le dijo e insistió mientras cortaba una cebolla - ¿Entonces crees que ya no puedo aspirar a una mujer joven?
- Eso lo has dicho tú – le respondió mientras sacaba del microondas la carne descongelada para ponerla en la parrilla - yo ni sé tus condiciones reales o tu disposición para aspirar a nada y ni siquiera si de verdad lo harías.
- Es que creo que es la mujer más bella que he visto en mis últimos años. Te lo digo en serio – y agregó acomodando los vegetales en la bandeja – es casi como eras tú.
- Siempre la más bella es la última - dijo ella poniendo la parrilla en el horno - ¿Podemos ponerle ya el aceite y el vinagre a la ensalada?
- Si – respondió, sacando los platos de la alacena - Estoy desesperado.
- ¿Le dijiste que te gustaba? - preguntó de nuevo la mujer vertiendo aceite encima de los vegetales.
- Si, pero sé que ni me tuvo en cuenta – bebió un sorbo del vaso - sabes como es eso cuando uno no le gusta a alguien.
- Si, o eso creo - dijo mirándolo - ¿Ya te tomaste las pastillas que te tocan?
- Ahora no me toca ninguna ¿Y a ti? - preguntó él - ¿Te la busco?
- No, ya me la tomé - respondió ella mientras volteaba la carne – Me preocupa que pueda darte muy fuerte lo de esa chica.
- Espero que no, aunque sí o quizás, no sé, estoy del carajo con ella - dijo bebiendo otro sorbo - Tengo miedo, porque se me está haciendo el nudo en la garganta y eso es fatal para mi.
- ¿Tan fuerte te ha dado? - inquirió ella - Tráeme la sal, que creo que le falta.
- No le eches mucha mientras la asas, es mejor ponérsela después cada uno - dijo alcanzándole el frasco con la sal gruesa - No es que me haya dado fuerte, es que es divina, de verdad.
- Para ti siempre son divinas, ¿No recuerdas las últimas que te pusieron en crisis? - preguntó ella mientras ponía sal a la carne y le daba vueltas.
- Si, pero esta vez es distinto, lo sé - aclaró el hombre bebiendo lo que quedaba en el vaso - Cuando la veo se me saltan las lágrimas y si no la veo también.
- Yo sé bien de tus llantos por mujeres. Menos mal que ya dejaron de importarme.
- Sabes que si te importan.
- Me importan porque te afectan y no me gusta verte triste, no por el hecho en si. Yo, como dicen, ya tengo callos en el alma.
- Lo sé – dijo él haciendo que la cantante volviera a interpretar la misma canción – Que un viejo amor...
- Debe ser muy linda y grande – dijo la mujer limpiándose las manos después de voltear la carne – Sólo las que son así te producen eso.
- Si, grande y linda, me recuerda a tí – confirmó él - Si la vieras te darías cuenta de por qué sufro.
- No necesito verla, sé que tiene que ser así - dijo ella abriendo la puerta del horno - ¿Me traes la fuente?
- Claro - respondió mientras abría la puerta de la vitrina - ¿Entonces crees que ya no puedo aspirar a una mujer joven?
- Y dale con lo mismo. No sé, eso debes valorarlo tú - contestó ella mientras tomaba la fuente que él le extendía - Supongo que debe ser zurda, medio bizca, o algo parecido para que te tenga así con la belleza imperfecta que tanto proclamas.
- Sólo zurda - aclaró él - ¿Saco cerveza?
- Para mí una gaseosa - dijo ella poniendo el último trozo de carne en la fuente y extendiéndosela - ¿Es alegre?
- Mucho, trasmite deseos de vivir - reconoció el hombre colocando los cubiertos en la mesa - ¿Vas a comer pan?
- Pon un pedazo, nunca sé si querré.
- El pan siempre viene bien para bajar la grasa - acotó sentándose a la mesa frente al sitio que ocuparía ella.
- Si, pero engorda demasiado - apostilló la mujer antes de sentarse.
- Todo lo que es bueno hace daño o es ilegal - comentó el hombre mientras cortaba un trozo de carne para llevarlo a la boca - Yo creo que ella se citó con él de forma que yo la viera para quitarme cualquier esperanza que pudiera tener.
- Eso es una tontería, tú sabes que no tienes ninguna esperanza, no necesitaba hacer eso – dijo sirviéndose ensalada – ¿Me pasas el vinagre?
- Si, claro - respondió acercándoselo - Pero me he sentido muy mal y no había necesidad de ser tan cruel.
- Gracias – le dijo cuando tomaba la vinagrera de sus manos - ¿De qué crueldad hablas? Tú no le importas, ella sigue con su vida ¿Por qué tendría que citarse con su chico en otro lugar?
- No sé, me parece que era innecesario, que quizás debió tener un mínimo de compasión conmigo - comentó él mientras masticaba el trozo de carne.
- ¿Y eres tú quien habla de compasión? – le preguntó añadiendo más vinagre a la ensalada.
- ¿Y por qué no? Bien sabe que me estoy muriendo por ella.
- Tú siempre te estás muriendo por alguien y muchas veces por nadie, ¿o no? - dijo ella masticando la verdura - Eres un caso perdido. Lo tuyo es sufrir por algo, menos por lo que tienes que sufrir.
- Creo que si, pero no es mi culpa - dijo resignado - ¿Me pasas una cerveza?
- No bebas demasiado, después te entra la llorona y más si estás en baja - apostilló la mujer extendiéndosela - Pásame el agua por favor.
- Te lo juro por mis niñas que no quería enamorarme, he luchado demasiado por no hacerlo, porque sé que eso me hace daño. He querido verla fea, le he buscado defectos donde no los hay, o quizás los haya, pero no los he encontrado. He hecho de todo por sentirla ajena y no puedo.
- Pobrecito mío - musitó ella sacando el tenedor de la boca - Te ha dado fuerte esta vez.
- De acuerdo, me ha dado fuerte, pero te insisto, era innecesario citarse con él donde yo la viera.
- Es que la gente se cita donde no la vea alguien si es que le importa o le ha importado esa persona y este no es el caso.
- ¿Han llamado las niñas? - preguntó él interrumpiendo el hilo de la conversación mientras mordía otro trozo de carne.
- Si, preguntaron por ti, querían hablar contigo para que fuéramos a cenar esta noche a casa de la Beba y dijeron que las llamaras - respondió ella mientras llevaba a la boca una cinta de col - ¿Qué edad tiene? ¿Crees que podrás superarlo sin ayuda?
- Es menor que la Nena y no, no sé o si - dijo mientras bebía la cerveza directamente de la botella.
- ¿Vas a tomar postre? Las naranjas están bien dulces.
- No, gracias - respondió él y agregó - No, no podré, definitivamente No.
- Es peor que las otras veces - confirmó la mujer apartando el plato - ¿Cómo es ella para que te tenga así?
- Es joven, trigueña y vital. Es primitiva, grande y caderúa. Es casi como tú hace muchos años - explicó él - No sé qué tiene de distinto, pero me tiene loco y ya no vivo si no la veo.
- ¡Ayyyy mi pobrecillo! Nunca vives y sigues viviendo sin dejar vivir - se lamentó ella poniéndose de pie - ¿Me ayudas a lavar la loza?
- Que remedio me queda - dijo él rumbo al fregadero con los platos sucios - Pásame el detergente.
- Ese es muy bueno, no hay que echar mucho - dijo ella - ¿Alguna vez le dijiste en serio que te gustaba?
- Si, creo que si, ya te lo dije, aunque no estoy seguro de que ella entendiera que no era una de mis bromas habituales.
- ¿Y que dijo?
- Me dio las gracias - respondió pasando la esponja por los platos.
- ¿Sólo eso? - dijo ella cuando ponía el teléfono móvil en la silla y la vinagrera en el poyo.
- No, dijo también que le agradaba que un hombre de mis vivencias le dijera que era la mujer más hermosa que había visto en los últimos años.
- ¿Y lo es? - dijo la mujer abriendo la lavadora que había parado un rato antes.
- Si, creo que sí - afirmó él mientras ponía debajo del chorro el último plato - Ya te lo dije antes.
- El problema es que te lo has creído - dijo ella después de poner las últimas piezas de ropa en la palangana y volver a cargar la lavadora con la ropa de color.
- No, no me lo he creído, ella es hoy por hoy lo más lindo que he visto ¿Te ayudo?
- No, no hace falta, ¿Cómo es?
- Es morena, grandota y de caderas amplias, te lo dije antes. Ya ni me escuchas. Es mujer, sólo eso, ¡Y joven! Creo que esa es la esencia, que es mujer y joven. Lo de que sea zurda o la dentadura imperfecta es sólo algo colateral. Ni me importa que no tenga los pies más lindos del mundo o que las nalgas rebasen la silla en que se sienta o los defectos que pudiera tener. La miro como ella, la mía, y verla me hace sentir bien.
- Necesitas echar un kiki para relajarte - le dijo apartando las cosas que aún permanecían en la mesa.
- Si, creo que sí - confirmó él - me haría bien.
- Que sea aquí - dijo ella retirando el mantel - hace años que no lo hacemos en la cocina.
- Recuerdo la vez que me llamaste diciendo que la cena estaba lista y cuando llegué estabas desnuda encima de la mesa con los cubiertos a cada lado - comentó mientras se desnudaban.
- Esa no fui yo - dijo ella tumbándose desnuda largo a largo donde antes estuvo la comida - Sabes que con las niñas eso era imposible.
- Creo que si - dijo el hombre dudando antes de sentarse en la silla frente a sus piernas que subió a las esquinas de la mesa atrayendo su sexo hacia sí.
- Yo no lo recuerdo - comentó la mujer mientras él se sumergía entre sus muslos - o hará tanto tiempo que lo he olvidado.
- Fuiste tú - dijo levantando la cabeza - nunca he cenado en casa de ninguna otra mujer.
- Si tú lo dices - aseguró ella acariciando su cabeza con las manos mientras entrecerraba los ojos.
- ¡Que rica estás! - dijo él después de un rato, separándose del pubis para acariciarle los pechos.
- Eso dices siempre - dijo ella mientras como madre al hijo le ponía en la boca uno de los senos que él lamió goloso a la vez que le acariciaba la entrepierna.
- No, en serio, siempre que te lo digo es porque lo siento - le dijo dejando de mamar - es que hueles a hembra.
- Creo que quien necesita un trago soy yo - dijo entonces ella tomando la cerveza que estaba en el poyo.
- Ya te daré tu trago - dijo irguiéndose para penetrarla mientras le tomaba de la cintura.
- Mmm, estás muy bien hoy - lo alabó moviendo las caderas para acomodarse al intruso.
- Jodido teléfono, debiste apagarlo - dijo él unos minutos después al sentir el timbre del teléfono - déjalo que suene, ya se cansarán.
- Son las niñas - dijo la mujer mirando la pantalla del móvil mientras ahogaba un gemido ante sus embestidas.
- Déjalo que suene – ordenó el hombre mientras seguía moviéndose en su interior – ya se cansarán.
- No puedo hacerlo, ¿Y si les ha pasado algo? - dijo apretando la tecla para contestar - Dime cielo, ¿que pasa?
- Si, claro que iremos - contestó mientras se echaba hacia delante y acomodaba las piernas en la espalda del esposo para no deslizarse por la mesa.
- Ya llegó pero está ocupado - dijo después de varios ajá y un silencio, mientras sentía el golpeteo cada vez más rápido de las caderas del marido en el pubis.
- Te dejo cielo tengo cosas que hacer, un beso - dijo apagando el móvil cuando él se tumbó encima de ella - ¿Ya?
- Si - contestó el hombre sin moverse - lo siento.
- Perdona, tenía que contestar.
- Lo sé, las madres siempre son las madres.
- ¿Me alcanzas una servilleta? - le pidió.
- Si, claro - dijo y se levantó para tomar el servilletero.
- Estás jodido – afirmó ella sin aclarar a que se refería.
- Lo se. Estoy bien jodido – dijo, mientras le alargaba las servilletas, sin saber si hablaban de lo mismo.
- Tienes que hacer algo, así no se puede vivir - comentó la mujer espaciando las palabras mientras se limpiaba la vagina con una servilleta y le extendía otra - ¿Me lo hiciste a mí o a ella?
- Claro que a ti – respondió limpiándose - ¿Y qué puedo hacer?
- Lo mismo que he hecho yo en estos veintitantos años contigo - dijo ella con voz firme y resignada mientras se bajaba de la mesa - Ser capaz de querer sin que te quieran, conformarte con el placer de querer y sufrir la humillación del cariño equivocado sin que los demás se den cuenta.
- Joder, no te pongas trágica - protestó subiéndose los pantalones.
- No, no me pongo trágica, tú nunca me has querido a pesar de todo lo que yo he hecho para que me quieras, ¡hasta aguantarte y seguir contigo! - dijo poniéndose las bragas antes de beber otro sorbo de la botella - ¿Qué piensas hacer cuando la veas de nuevo?
- No sé. ¿Y por qué dices que nunca te he querido?
- Tú bien lo sabes, ¿qué vas a hacer? - volvió a preguntar subiéndose el vestido.
- No haré nada especial - dijo él - Sabes que si te quiero.
- Hace años que nos queremos de otra forma y cada uno de un modo distinto. Me refiero a la morena ¿Que pasará con ella?
- Es sólo eso, una morena más, ya se me pasará.
- ¿Y de verdad te gusta tanto como dices?
- Más que el agua, te lo juro y lo más triste es que no se si me gusta por ella, por tí o por mí.
- ¿Cómo es eso? No te entiendo.
- Que a lo mejor me gusta tanto no por ser como es, sino porque me recuerda a ti o por un estado de ánimo mío.
- Pudiera ser ¿Y crees que podrías vivir con ella el resto de tu vida?
- No, pero no me importa, me bastaría con vivir una parte de mi vida - respondió - para vivir toda la vida sólo existes tú.
- ¿Y crees que podrías satisfacerla sexualmente en el supuesto caso de que te hubiera aceptado?
- No, yo sé que no podré durante mucho tiempo, pero el amor lo compensaría.
- Estas jodido, no sólo de amor se vive y menos una mujer joven - dijo la esposa tomando la palangana con la ropa lavada - a ella le pasará lo que a mi.
- ¿Y que te pasó a ti si se puede saber? - indagó siguiéndola hasta el tendedero.
- Que no era feliz en la cama aunque te dijera que si - y volvió a preguntar - ¿Le dijiste que la querías o al menos que te gustaba?
- Que sí, te dije, no que la quisiera de cariño o si, ni me acuerdo - replicó él sosteniendo la palangana en lo que ella iba tendiendo la ropa - ¿Entonces crees que ya no puedo aspirar a una mujer joven?
- No lo preguntes más, parece como si esperaras que te de la respuesta que quieres. Poder puedes, que la consigas es otra cosa.
- Joder, que consuelo me das ¿Eres amiga o enemiga?
- Es que es la verdad ¿No te has visto en un espejo? Ya eres un viejo, debías sentar cabeza.
- Claro que me he visto, todo el mundo se ve en el espejo, pero en él no se ve la mente, que sigue joven aunque el cuerpo envejezca.
- Y cuando te mira la gente tampoco te ve la mente - dijo ella colgando la última prenda.
- ¿Y cómo es eso de que no eras feliz en la cama? - preguntó - No me daba esa impresión.
- ¿Cómo iba a serlo si sabía que necesitabas otras o venías de estar con ellas? - dijo camino de la habitación y agregó - Las mujeres sabemos fingir muy bien cuando queremos.
- Pues para no haber sido feliz disimulabas bastante bien.
- Mucho más que tú o no habríamos llegado a esto - apuntó mientras sacaba de la gaveta del armario su ropa interior - y no digo que no me gustara lo que me hacías.
- Ahora el que no entiende soy yo.
- La felicidad en la cama no es sólo el placer del sexo o todas las putas fueran felices. Hacen falta otras cosas.
- Visto así no dejas de tener razón.
- Es que es la verdad. Ahora que ya no me importa lo que hagas soy más feliz que antes.
- Y si no éramos felices ¿por qué hemos seguido juntos?
- Por las niñas, por costumbre, por la comodidad de no estar solos, por querer rescatar algo ya perdido. Un poco de todo. ¡¿Qué se yo?!
- Vale. La verdad es que no se qué hacer.
- Si que lo sabes – dijo la esposa calmadamente camino del baño – Si lo que te apetece es acostarte con una mujer joven págale a una puta y punto. Deja tranquila a esa chica que haga su vida y confórmate con mirarla y estar cerca de ella si tanto te gusta, que ya tú no estás para esos trotes.
- Si, esa puede ser la solución más sabia - afirmó meditabundo mientras la seguía después de poner de nuevo la misma canción - pero de la puta paso, no es lo mismo ni será ella.
- Bueno, haz lo que mejor creas – dijo la mujer desnudándose - Yo voy a ducharme para irnos a ver las niñas.
- Las niñas ya son mujeres - comentó él sentado en el inodoro como quien llega a una conclusión difícil después de mucho pensar.
- Siempre serán las niñas aunque lleguen a viejas – afirmó ella desde la ducha – Claro, que al llegar a viejas tendrán que dejar de ser niñas.
- Espérame para que me enjabones la espalda, busco el calzoncillo y ya vengo – dijo el hombre sin sentirse aludido.
- Vale, yo también necesito que me la laves. No olvides traer una toalla limpia que la que tenías en uso la eché a lavar.
- ¡Qué putaditas tiene la vida! - exclamó lamentándose en lo que se alejaba - ¡Qué putadas!
- Así mismo es - concluyó resignada cuando el agua ya comenzaba a arrastrar sus lágrimas ante la impotencia de no poder sacudirse aquel yugo de amor no correspondido que llevaba tan dentro - Así mismito.
En el salón la cantante, como una maldición, repetía una y otra vez que un viejo amor ni se olvida ni se deja, mientras las lágrimas silenciosas de la mujer se transformaban en apagados sollozos.